Recuerdos de una Razón... La Razón de unos Recuerdos...

Andaba yo por mis ocho años cuando mi maestra de tercer grado, Carmela era su nombre, me puso en aviso de que yo había sido elegida para representar a mi clase en un concurso de dibujo.


Yo no soy tan buena dibujando; tengo un par de hermanos que sí lo son. De hecho, mi abuelo paterno fue un artista plástico completo, al igual que uno de los hermanos de mi padre; pero ocurre que, cuando me tocó hacer el tercer grado, no había otra niña que dibujara mejor que yo. Aguarda. No me malinterpretes que no estoy haciendo alarde; estoy simple y llanamente señalando que yo era la mejor de mi grupo... imagina cómo serían mis compañeritas.


Bueno. El caso es que la "Seño" Carmelita, que era como cariñosamente la llamábamos, a diario me gritaba desde su escritorio "¡Gabriela! ¡Miradas al pizarrón!". Y es que mi pasión por el dibujo iba más allá de todo; me la pasaba dibujando; dibujaba en mis libretas, en mis libros, en las paredes, en la arena, en el aire, ¡dibujaba hasta en la sopa!


Cuando recibí la noticia de que yo iba a representar a mi clase, el placer de plasmar algo nacido de mi mente desapareció para dejar paso al temor... mejor dicho, al terror... terror de no ser lo buena que mi maestra, ella, la misma que me regañaba por andar de "dibujanta" (su calificativo favorito) esperaba de mí.


Hace tres años, aunque ya tan veterana, me anoté en un curso de Diseño Gráfico-Digital. A algunos de mis compañeros no les doblaba, les "terceaba" la edad. El primer día de clase me miraron extrañados. Hoy sospecho que tales indinos deben haberse preguntado qué diablos hacía yo ahí. Y sin embargo, ¡qué idea genial la que tuve!, pues desde que me enfrasqué en la tarea de aprender el lenguaje que "hace hablar" a lo que yo gusto de llamar una Casita Virtual, que no es sino un website, encontré que esta especialidad es una valiosa herramienta de expresión creativa, y que, siendo tan vasto el espacio cibernético, las distancias a abarcar son inimaginables.


Hoy, al paso de las décadas, y después de una vida de quehaceres, soy dueña de mis pensares, mis andares, y sobre todo, de mis tiempos. Llegar a contar con tal carga de caminares tiene sus bondades: se suman los vivires, y con ellos, oleadas de sentires. A estas alturas, con semejante carga, y ya que es mía la fortuna de darle rienda suelta a la Creatividad a mi estilo y gusto, decidí edificar esta Casita Virtual con ello en mente: sólo por darme el gusto de plasmar en Diseño, Pinceles y Letras el dibujo de mis sentires y mis pensares.


Ya que la ausencia de expectativas ajenas a quienes cumplacer, me estuvo acompañando mientras construía mi Casita, le he pedido a mis Querencias y a mis Desapegos, a mis Recuerdos y a mis Ausencias, a los cuales debo la que hoy soy, que habiten mi Casita y se la apropien pa' los siempres, que, al final de los senderos, me ando queriendo asegurar de sonreírle a mis sinrazones, como también a mis mesuras.


Si la Seño Carmelita me viera, seguro que me diría: "Ay, Gabriela... sé que por ti pasaron los años, porque esas patas de gallo y esas canas así lo denuncian; pero ni duda cabe que sigues siendo la escuincla dibujanta y fantasiosa que fuiste en aquellos ayeres, cuando, recargada en tu mesabanco, te me fugabas quién sabe a dónde diablos. Si desde-endenantes te pasabas mi clase volando montada en tus trazos, a estas alturas, nomás no hay caso contigo".

Dedico mi Casita,

A mi Madre, mi hacedora Ana María, quien con su sangre me abrigó en su seno. A Jorge, mi Padre, de quien tantos dones recibí, los que, en mi destierro, al fin logré sacar del baúl. Los recuerdo siempre, Ma, Pa, como si fuese apenas ayer que los vi por última vez.


A mis Hija y a mi Hijos, cuyos recuerdos se tornan caritas de bebé, recuerdos que acuden a hacerme compañía en esos ratos en que, por imposible que parezca, las distancias se esfuman.

A mis Nietas, mis Niñas, quienes vinieron a brindarme la caricia de sus cristalinas sonrisas cuando las penumbras desdibujaron la mía. A mi Nieto, tierna Lucecita que alumbra mis soledades cuando las gotitas caen a tropel. A mi Nietecita pequeña, quien, pese a las frías latitudes, lleva en su sonrisa la promesa del mañana.

A mis Hermanas y Hermanos, por haberse corrido conmigo chilpayatez tan llenita de aventuras, cuando, pata al aire, retábamos a los vientos, y bajábamos la luna a resorterazo limpio.

A mis Maestras y Maestros, por hacer del aprendizaje una emocionante tarea, y por cada ocasión que me exigieron llenar 'planas' y más 'planas', una tras otra, hasta lograr que se me grabaran esos saberes sobre los que descansa mi esencia.


A mi Hermana mayor, Anita, por ser la mano compasiva que tanto necesitaba en ese momento tan aciago de mi vida. A mi Cuñado Toño, por brindarme su empatía y su apoyo. A sus Chilpayates, y a sus Chilpayatines, por todas las sonrisas que me obsequiaron, las que viven en mí, en ese rinconcito donde se cocinan los quereres.

A Rafael, Caminador de Senderos que me arropó cuando los otoños se adueñaron de mí, y quien, pese a todo, me brindó consuelo cuando Doña Salud se fugó con los inviernos.


A pesar de las ausencias y las distancias, Ellas y Ellos son y serán, por siempre, mis Amores Eternos.





Gabriela, la Caperri Prieta que no los olvida...